Ahora estamos saliendo de otra intemperie hostil, diferente de aquella de 1.810/1.816, pero necesitamos igual voluntad de refundación, igual voluntad de ser. En el desierto que dejaron los noventa acechan otros peligros y miserias: el no querer ser, la falta del básico amor a la Patria y orgullo por su soberanía. Somos el país intoxicado de alarmismo audiovisual, envenenado por los bachilleres de la patria comunicacional en su negocio de corrupción y derrotismo. Aquellos a los que alguna vez Arturo Jauretche denominó “los figurones” de nuestra sociedad. Sentados sobre dunas de cereal y proteínas, aquellos retardatarios intentan impedirnos alimentar a los miles de argentinos que padecen hambre o subalimentación infantil.
En el orden nacional, desde el 25 de mayo de 2.003 y en Salta desde el 10 de diciembre de 2.007, estamos convocados a una patriada grande: la del renacimiento argentino. Argentina está intacta en su voluntad de vivir, en su inteligencia creadora, en su geografía de dones y riquezas, en su espacio de fraternidad suramericana. No estamos arrasados como el Berlín de 1.946, ni ocupados como Japón, con su millón de muertos. Pero algunos pretenden romper nuestra confianza, nuestra fe y orgullo nacional. ¿Es posible que ciertos sectores, que tanto se jactan de la patria y de la estirpe, teniéndolo todo no se animen ya a nada?
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