Hasta mayo del 2.003 hemos padecido la negación de la política y diversos modelos de dominación. “Modelos” entendidos como las megacategorías que condicionan la índole de lo que hoy entendemos por política. No son ecuaciones teóricas sino práctico-políticas, es decir, se mueven en el ámbito del obrar y del hacer. Y son elaborados por los centros de poder mundial, que desde el punto de vista filosófico son centros de producción de sentido de las acciones y de los acontecimientos que ocurren en nuestra sociedad.
Estuvimos insertos bajo el dominio cultural del modelo de dominación bautizado como de one world o mundo uno, donde la política dejo de ejercer su función arquitectónica de la sociedad para cederla a la economía y los tecnócratas. La sociedad neoliberal planteó la neutralidad o intercambiabilidad política, transformismo político donde uno puede ser de este o de cualquier partido porque la política dejó de ser, como sostuviera Arturo Sampay, el Gerente del Bien Común, para cederle esa función a la economía.
El orden que rige a partir del derrumbe de la bipolaridad “Capitalismo vs. Comunismo” desde la implosión de éste en 1.991, estableció un mundo aparentemente unipolar bajo la égida de los ideales neoliberales en economía y conservadores en política.
Hoy, cuando la economía del viejo mundo se acerca al precipicio y la impiedad del capitalismo elige rescatar bancos y entidades financieras, antes que proteger a los pueblos, aparece como un caso anómalo el modo como la Argentina y Suramérica, han encarado este tramo de su compleja historia.
Lo inesperado ocurrió: el regreso de la política nacional y popular, con la redefinición del papel del Estado en la regulación de sus respectivas economías, asociado a ciertos modos de la participación popular, que aparecían como anacrónicos para los neoliberales dominantes de la época.
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