Las dos celebraciones del 25 de mayo de 2.010 son la metáfora de un país en litigio, de mundos culturales distintos a la hora de relatar los 200 años de historia. El Colón convertido en ícono de una derecha elitista, que sueña con la Argentina del Centenario, el de las vacas y las mieses para unos pocos, ese del estado de sitio, del voto restringido y la represión a los reclamos obreros y que siempre les ha temido a las multitudes aluvionales, que ha preferido hablar de “la gente” para escamotear la palabra “pueblo”. Mientras que del obelisco hacia el sur estaba el Pueblo del Bicentenario. Metáfora de una historia no resuelta, la materialización de aquello que nos sigue mostrando que el litigio por la igualdad sigue atravesando el cuerpo de la sociedad argentina.
Es necesario defender las transformaciones del Gobierno nacional, y como decía el manifiesto del “Grito de Charcas” (mayo 1.809), movimiento que tuvo su epicentro en la Universidad de Chuquisaca y fue antecedente inmediato de nuestro Mayo de 1.810: “…hemos guardado un silencio muy parecido a la estupidez…”.
Sabemos que desregular, privatizar, retirar al Estado (es decir, perder la política) fueron las características del modelo argentino de los noventa. El vendaval neoliberal ya no está en la Argentina, pero se ha instalado en varios países centrales del mundo, mientras nosotros marchamos en la dirección inversa, procurando refundar el Estado de Bienestar del que gozamos otrora, en especial durante el primer peronismo.
Con ese innegable auge macroeconómico, el Gobierno Nacional comenzó a restaurar el Estado de Bienestar y cuando estalló la crisis internacional no se desmantelaron los avances logrados, sino que se profundizaron: se defendió el empleo y se aumento el gasto social, lo cuál aceleró la salida de la recesión. En el 2.002 la participación de los salarios en el PBI era del 34% y en el 2.009 del 43%; la desocupación cayó del 19,7% en 2.002 a 8,4% en 2.009; se implantó la asignación universal por hijo; se generaron casi cinco millones de nuevos empleos; se incorporó a dos millones de nuevos jubilados, recuperándose para el Estado el sistema de jubilaciones con un sistema de aumento automático de sus montos y se cumplieron importantes planes de vivienda, salud y se implementaron múltiples programas de desarrollo social.
Entre los extremos del populismo -que expresa la ruptura del status quo y el surgimiento de lo político- y el momento institucionalista -cuando la política se disuelve en administración como ideal de todas las formas de tecnocracia-, debemos lograr un equilibrio, un modelo político viable que sepa combinar ambos momentos.
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